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La lectura no solo implica la decodificación e interpretación de los signos convencionales de la lengua. Leer conlleva una actitud despierta y observadora hacia los acontecimientos del contexto que habitamos. Freire hablaba, en este sentido, de que “la lectura del mundo precede a la lectura de la palabra”. Los mensajes que se nos envía a través de los medios de comunicación junto con los que se nos transmiten a través de la disposición social establecida, moldean subliminalmente nuestra conducta.
Les ofrecemos la presentación El juego Pedagógico como Herramienta en el Aula, ponencia magistral de nuestros maestros Lic. Ryde Acosta y Lic. Beatriz Peña, presentada en el congreso Aprendo 2011.
El juego Pedagógico como Herramienta en el Aula
En este documental, Davis Guggenheim pone al descubierto la cruda realidad que viven los estudiantes americanos en las escuelas públicas. La fuerza que tiene el Sindicato de Maestros, la falta de un sistema de evaluación constante de los maestros y la exorbitante suma que el Estado invierte por alumno para recibir una pésima educación.
Podemos ver cómo, los directores de escuelas, se intercambian a los maestros mediocres, ya que el sindicato y su contrato no le permite la cancelación. A esto le llaman “El Baile del Limón”. El baile del limón produce un malestar dentro del centro educativo ya que hace al maestro bueno, eficiente, pensar más en su contrato que en un buen desempeño. El maestro bueno se corrompe, provocando que su eficiencia disminuya. Escuchar a maestros decir: “A mí me pagan, aprendas o no aprendas” es muy común en este sistema, y si hablamos de etiquetar a jóvenes con comentarios como: No importa cuánto te esfuerces, tú futuro está determinado” hacen que la mayoría de ellos quiera abandonar la escuela. De hecho, 3 de cada 100 jóvenes se gradúa de la escuela secundaria.
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Últimamente he sentido la necesidad de escribir, algo que intenté hacer en mis años de secundaria y que por alguna razón abandoné. No recuerdo como sucedió ni en qué momento desistí de hacerlo y más aún, no me queda claro el por qué lo hago ahora.
Un móvil razonable para hacerlo podría ser el ver como cada día se mercantilizan las ideas mientras la competitividad reorienta sus fundamentos y se encumbra en el clientelismo político, también el efecto terapéutico que me produce este espacio de intimidad o simplemente se trate de que la envestida del arribo a mis 3 décadas me haya puesto un poco filosófica, después de todo, entrar a la curva de los Ta (treinTA, cuarenTA…) es un camino sin regreso que más vale recorrer con el intelecto que con las carnes, porque cuando cuándo éstas últimas cuelgan llenas de pliegues, la memoria se convierte en la comadrona del pensamiento.
“Y el verbo de Dios se hizo carne” (Jn 1, 14)…
“y el hombre está hecho a su imagen y semejanza” (Génesis 1, 26)”.
En el estudio de una Lengua aparecen dos conceptos fundamentales: el significante y el significado. El primero se refiere a los nombres con que designamos la realidad y el segundo, al concepto que le damos a cada uno. Por ejemplo, la palabra gato (significante) que empleamos para referirnos a un animal mamífero, de 4 patas, con su cuerpo cubierto de pelos, de la familia de los felinos… (significado). Ahora bien, el significante “gato” activa una huella material que tenemos acuñada en la mente cuando vemos un animal con características similares y, a menos que tengamos cierta información en nuestro esquema mental, suponemos que se trata del mismo animal cuando vemos un tigre o un puma. Partiendo de esto me he preguntado si las palabras dan sentido a nuestra realidad o nosotros damos sentido a las palabras.
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